Quién soy y otras interrogantes de niños que crecen en un ambiente multicultural

Escrito por Flor Bretón-García

En medio del día a día y de la búsqueda constante de elementos que nos permitan adaptarnos a nuestro nuevo entorno, las familias multiculturales nos perdemos inmersos en tradiciones e idiomas entrelazados, que generan un ruido emocional que nos aparta de una interrogante existente. Esta interrogante puede ser silente o de hablar muy bajito, pero está allí. Nuestros hijos la anidan y la cultivan: ¿Quién soy? ¿A dónde pertenezco?

Desde muy pequeños los niños comienzan a desarrollar una serie de habilidades y de afectos que les permiten crear su propia identidad, su "yo" interno y externo. Esta identidad está determinada por factores genéticos, de crianza y contacto con el ambiente que los rodea. Muchos de estos elementos se pueden resumir en una sola palabra: cultura. Y para ello debemos primero definir lo que cultura es en realidad y su relación con patrones de comportamiento externo e interno. Al pensar en este término, lo primero que se nos viene a la cabeza son representaciones culturales obvias, tales como la comida, el vestir, el idioma que hablamos y la manera de comportarnos con los demás. Sin embargo, el término cultura va más allá de una mera descripción externa de ritos y tradiciones. La cultura determina los valores y creencias propias del ser humano e influencia la forma en la cual vemos la vida y sus retos.

Entonces ¿qué ocurre con esos niños, nuestros chicos, que son expuestos a una crianza global rodeados por diversas culturas? La respuesta no puede ser sencilla, porque en este proceso de formar niños multiculturales, la complejidad de la dinámica familiar tampoco lo es. En muchos casos, nos encontramos con hogares de mamá y papá nacidos en países diferentes, criando hijos en un lugar distinto al de origen. Se presenta pues la adquisición de aspectos multiculturales que definen la personalidad del niño y la forma en la que el pequeño se identifica con su entorno. Nos encontramos con niños que desde una corta edad se comunican con padres y abuelos en una lengua, y en la escuela en otra; adolescentes que se adaptan con facilidad a los patrones conductuales externos del vestir en su país de residencia y en el de los padres. La formación de la identidad se desliza calladamente entre la flexibilidad de adaptarse a cualquier entorno cultural en el que se encuentran estos niños, y la necesidad de mantener ciertos valores estáticos o rígidos para así poder formar juicios de valor y moral.

           

Aquí entra en juego el rol de los padres, quienes deberán ayudar a sus hijos a establecer reglas comunes que permitan el desarrollo de la personalidad y la aceptación de la adaptabilidad característica de los pequeños criados de manera global. En nuestro caso particular, nos sentimos cómodos con el principio de criar a nuestros hijos con una cultura base (la venezolana) alimentada por las costumbres estadounidenses (donde nacieron papá y los tres nómadas) y las alemanas (país en el que vivimos actualmente), que vendrían a ser las culturas complementarias. Ahora bien, también hemos aceptado que nuestros hijos crecerán rodeados por la cultura alemana, en este caso la mayoritaria, y que con el pasar del tiempo se presentarán algunos conflictos debido a diferencias culturales. Así mismo estamos conscientes de que nuestros hijos forman parte de un grupo cada vez más común (niños globales) por lo que esta nueva “normalidad” implica la tolerancia hacia su identidad, la cual se balanceará entre las tradiciones del país huésped y las de casa.

           

¿Cómo veo que lo llevan mis hijos? La verdad es que nos encontramos ante un proyecto bien interesante. Sí, un proyecto de vida cuyo resultado final será ver a nuestros niños afrontando la adultez con un perfil multicultural formado durante años de asimilación de información brindada por papá y mamá, la escuela y la comunidad. Hoy en día ellos se sienten parte de la comunidad huésped, y también se saben nacidos en Texas. Se preocupan por la situación crítica de Venezuela y conversan sobre ella con sus amigos en alemán. Nuestra mesa de Acción de Gracias o “Thanksgiving” incluye pavo, “Mac&Cheese”, sauerkraut y hallacas. Cuando le pregunté a mi hijo mayor que de dónde se sentía, me respondió que de ningún lado y de todos a la vez. Me afirmó que se siente contento de poder identificarse con diferentes tradiciones y que piensa que en el futuro vivirá en un cuarto país para aprender nuevas costumbres y otro idioma. Aliviada puedo escribir estas líneas y confesar que me siento orgullosa, a la expectativa y maravillada. Espero poder contarles en unos años en qué ha terminado esta aventura que es cada día más interesante y alentadora.

Flor

 

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